Desesperanza y estrés

La desesperanza viene de la mano de la crisis para muchos profesionales. Pasan los meses, incluso los años y uno tiene la sensación de no poder hacer nada al respecto, tira la toalla y desespera, “deja de esperar”, sumiéndose en un limbo realmente complejo de sostener.

Aparentemente ya no tiene estrés, ni aquella adrenalina corriendo por las venas que tanto le activaba ante las demandas urgentes; ya no tiene el pulso rápido, está repanchingado en el sofá, viendo la tele o simplemente el techo, “esperando sin esperar”. La desidia pareciera relajación, por aquello de que ni siquiera se afeita o maquilla, pero lo que sufre en verdad es una fase del estrés, marcada por una retirada, falta de afrontamiento, renuncia a la lucha y un mero soportar “estoicamente” lo que haya que soportar. Esta fase, que parece mejor que la anterior, es sin embargo muy grave.

Nuestros científicos advierten: el nivel de desesperanza y estrés de una persona cuando siente que no gobierna su vida es tal que se puede medir objetivamente: cambio en los niveles de presión arterial, azúcar, colesterol en sangre, aumento del tiroides, inhibición de timo, dermatitis, etc.

El común de la calle o del trabajo, por hablar más claro, siente que no le queda fuerza ni ganas de luchar, que la suerte está echada, que la autoestima está arruinada y que no hay otro futuro posible. Para más inri, todo esto funciona como una profecía autocumplida, reafirmada por la propia persona, que no permite otra posibilidad.

Brevemente, el trabajo que uno debe hacer, con verdadera disciplina diaria, por mucho que el panorama esté negro, es el siguiente:

  1. Cuidar el cuerpo, hacer ejercicio, caminar, hacer bicicleta o correr, desarrollando un buen centro bajo, física y energéticamente. ¿Se acuerdan de los romanos y sus marchas militares? Sirven y mucho.
  2. Encontrar algo de excitación y diversión cada día, que haga que la vida merezca ser vivida. Búsquelo en lo sencillo, no hace falta consumir para ello.
  3. Alimentarse sanamente y con mesura, y asearse y poner orden diario en su propio entorno.
  4. Cuidar el corazón, con uno mismo y con los demás. Esta es una buena oportunidad para recuperar los afectos perdidos en la ambiciosa carrera del capitalismo rampante.
  5. Expresar su propia verdad y mandar sobre la propia vida dentro de lo posible. Esto se puede hacer en cosas grandes y pequeñas, manteniendo la sensación de que en muchas áreas uno no deja nunca de gobernar el propio barco. Charle, comunique, exorcice, hágalo de palabra, oral o escrita, en privado o en un blog, pero limpie su interior para no estallar por dentro.
  6. Dedique tiempo a la meditación, que es la observación sin juicio, para desde el vacío encontrar la brújula por donde ir. Trate de mirar recto, periféricamente y más allá, y sobre todo siga mirando, lo que le permitirá avistar tierra cuando llegue, si no, la cabeza baja le devolverá siempre el recuerdo de lo que fue, aunque cambie.
  7. Confiar, entregarse a la vida y fluir con ella, cada vez más al ritmo de la misma y menos al del ego, que puede ser demasiado rápido o demasiado lento. Es el más complejo, pero el que más frutos dará.

Conclusión: cuando uno pierde la esperanza se convierte en víctima y no hace más que perder poder personal, deprimirse y arrugarse. Uno debe cuidarse en todos los niveles y seguir mirando el cambio, lo nuevo, todos los días, convencido de que hay vientos que se acercan y pronto hincharán nuestras velas en larga primera travesía hacia el Nuevo Mundo, que es, a fin de cuentas, la nueva realidad económico-político-social venidera. Si ahora nos entrenamos, el salto que daremos será cuántico.