Elogio del Atrevimiento, o la Hermana San Sulpicio.

Me avisa mi madre de que hay una película en la tele basada en mi bisabuela, y corro a verla, curioso. Me encuentro una mujer rebosante de pasión por la vida, que sin embargo no acaba de encontrar su sitio en su vida y decide tomar votos como monja para ver si ahí lo encuentra.

Allí descubre una vocación de ayudar a los demás, en colaboración con un médico, que la llena y su pasión y felicidad se contagia donde va. Sin embargo, su confesor, sospecha algo raro y prueba a sacarla del hospital, y del médico, antes de que tome votos perpetuos, y ceda su patrimonio a la orden. El efecto es inmediato: médico y monja se ven muy alterados, él muy nervioso, y ella deprimida, por la separación. Ella gracias a la orientación de su confesor, que bien podría ser hoy en día terapeuta, acaba decidiendo renunciar al hábito, y el médico renuncia a su colaboradora monja. Reinventándose una vez más, deciden casarse y tienen a mi abuelo, gracias a lo cual llega un servidor hasta aquí.

La película, con Imperio Argentina, interpretando a mi bisabuela, está tratada con una delicadeza y corazón, que hacen comprensible que fuera aceptada incluso en aquella época. Yo, que me dedico a la psicoterapia, me quedo maravillado con la fuerza y empuje de personas como ella, que no han hecho 15 años de psicoanálisis, pero sí se han atrevido a dar las vueltas en la vida que han hecho falta para encontrarse, rompiendo toda imagen cómoda de si mismas. Atreviéndose.

Vuélvanse locos, háganlo de inmediato, que la vida se pasa, y si no enloquecen, pueden pasar toda la vida aburridos, acomodados, dormidos, fingiendo una vida que no les pertenece. Atrévanse, por el amor de Dios, de la monja y del médico que me precedieron.