Educación postural (o no perder el eje).

Afortunadamente cada vez se habla más de educación postural, como algo que llevar a la oficina y la vida diaria. Se alude a ello, como una buena inversión no solo para los individuos, sino también para las empresas, porque si sus empleados sufren menos en el cuerpo, estarán más felices, trabajarán mejor, producirán más y estarán menos de baja.

Esto ya es en si un paso muy importante en la toma de conciencia que necesitamos, pero sería bueno ver lo que implica perder el eje a un nivel no solo físico:

Uno “pierde el eje”, cuando abandona la verticalidad que le da equilibrio en este planeta, marcado por la gravedad. Claro está, la perdemos por un lado, por el otro, a una altura y a otra, por compensación. A lo mejor llevamos la cabeza adelantada hacia delante, como si nos fueran a cortar la cabeza y quisiéramos hacerles el trabajo más fácil. Esto hunde el pecho, y nos deja respirar menos, aprieta el abdomen que se curva hacia atrás y delante, dificultando la digestión, sacamos las rodillas hacia delante, compensando para no caernos, y la pelvis se retrotrae, los tobillos tratan de sostener este castillo de naipes, con esfuerzo, sufriendo. Otras personas, por ejemplo, llevan la pelvis tan adelantada, que se diría que primero llega su sexo y al rato la cabeza para ver lo que están haciendo, por sus “cojones”. Otros van suspendidos desde el cielo, con los hombros alzados y el pecho hundido, con los pies arrastrados sin casi tocar el suelo.

Todos rompemos nuestro eje en un momento u otro. Muchos lo hacemos la mayor parte del tiempo. La conciencia corporal es lo que nos permite volver centrarnos. Si notamos que para hablar o relacionarnos con alguien, por ejemplo, tenemos que echarnos tanto hacia delante (o ir a su terreno) que vamos a perder el equilibrio, podemos concluir que no es hora de rompernos los dientes en monumental caída, sino de volver a nuestro sitio. Si al otro no le interesa acercarse, escuchar lo que tenemos que decir o simplemente “vernos”, es mejor dejarlo, forzar las cosas es una estupidez que hace correr riesgo a nuestro cuerpo, autoestima, etc.

Aquellos otros, amantes de la ubicuidad, que siempre corren para estar en dos sitios al mismo tiempo, empezarán a darse cuenta, gracias a la conciencia, de que su cuerpo ocupa un espacio concreto, y que pretender lo contrario no solo es loco, sino que puede causar un ataque al corazón, tratando por ejemplo de llegar a satisfacer a la esposa, a la amante, a los hijos, al trabajo, al trabajito extra, etc. Más, más, más, nos hemos vuelto amantes y adictos de la intensidad, y si puedo hacer dos cosas, es mejor que una.

Al final, esta sociedad vanidosa, se encuentra con que los referentes del éxito, son en realidad personas con vidas huecas, aparentemente perfectas, pero faltas de esencia y calor, porque nunca tuvieron tiempo para dárselo. Testimonio de esto dan por ejemplo, las bandas de niños bien que destrozan coches para volcar una ira que no entienden y que puede venir de no haber sido vistos, ni cuidados.

En un mundo donde la gravedad tira hacia abajo, y las personas, llevan ejes distintos, se produce una falta de encaje, donde la vibración no es armónica. Centrémonos y nuestro entorno se centrará.