En busca de la felicidad.

Vivimos en una sociedad de consumo, donde todo nos indica que la felicidad reside en otra parte, en el futuro, cuando consigamos ese coche, esa casa, ese aparato electrónico, esas vacaciones… La realidad es que cuando llega esa meta, nos entretenemos un rato, y luego ponemos la felicidad en otra nueva meta, lejana, viviendo siempre de espejismos de felicidad, en lugar de ser felices en nosotros mismos.

La felicidad es una actitud, una manera de vivir, no una meta alcanzable por logros o bienes personales. Recibo en consulta gente con mucho dinero, y más bienes y caprichos de los que muchos podamos conseguir jamás, y no son felices. Tienen el punto de enfoque en otra parte, más en lo que no hay, que en lo que si que hay.

La sociedad de la opulencia, y la nuestra lo es incluso en crisis, tiene esto como riesgo.
Pasamos nuestras vida hipotecados, corriendo en la lucha por conseguir algo, que nunca va a llegar, porque perseguimos espejismos de felicidad, cuya función no es hacer felices, sino, generar una imagen. Siempre va a haber un coche más grande, una casa mejor, y un iPod con más megas, que justifique que no somos felices porque todavía no tengo el objeto que realmente me dará la felicidad, porque no me lo puedo permitir, pero cuando pueda… El que “puede” sabe que no viene de ahí. El sistema de consumo se sostiene sobre esto, y nosotros dentro de él.

Este asunto, llevado a lo personal es todavía más grave: por ejemplo, si mi compañera es alta, guapa, y lista, pero podría tener los pechos más grandes, lo mejor es que se los opere, o que me busque una que los tenga, “porque seguro que eso es lo que me haría feliz”. Quizás no es eso, sino que tenga más dinero, o que sepa disfrutar de la lectura de Rilke, o le guste el heavy, o vete tú a saber. El caso es no contentarse con lo que uno tiene, ni amar realmente, respetando la diversidad, y apreciándola.

Estamos perdiendo corazón. Confundiendo amar y desear.
Consumimos personas, como consumimos coches o iPods. El nivel de superficialidad y de falta de corazón en las “sociedades avanzadas” es grotesco cuando en vacaciones se deja abandonado en la gasolinera al abuelo o al perro. Estamos perdiendo capacidad de amar, a base de no practicar, volviéndonos seres sin capacidad de contacto, egoístas y descentrados. Bellos por fuera, y fríos y huecos por dentro.

La famosa crisis no va a durar lo que decía Zapatero, va a durar mucho, de hecho, lo que haga falta, para que aprendamos de algo que estamos haciendo mal. Con el cuestionamiento de los criterios de mercado, debe venir, el cuestionamiento de uno mismo, como agente que crea mercado. Ojalá salgamos reforzados de esta, y no consigamos salir de la misma manera que siempre, recortando salarios, y derechos, sino aprendiendo a hacer las cosas de otra manera.

Yo para ser feliz, voy a intentar serlo con lo que me de la vida, todos los días. No voy a buscarlo, lo voy a ser. No voy a esperar aprobar ninguna oposición, ni que me asciendan, ni que cambie de pareja, lo voy a ser hoy, aquí y ahora, que la vida pasa…