Agresión.

Octubre 2009. - Durante mucho tiempo, traté de no agredir nunca, jamás. De hecho si en alguna ocasión lo he hecho en mi vida, luego lloraba, y/o me tornaba obsesivo sobre la escena, hasta que evidentemente la deformaba y yo era la única víctima, injustamente tratado. En cierta ocasión incluso acabé dejando que me pegaran entre varios, por no devolverla.

Tengo miedo de mi capacidad de agresión, hasta el punto de temer matar a alguien si le pego físicamente. Por todo ello, desde siempre, mis modos de agresión fueron inconscientes, tan sibilinos, que ni yo me daba cuenta de que lo estaba haciendo. En alguna ocasión, amigos me llamaron para decirme que al llegar a casa después de estar conmigo se habían dado cuenta de que se sentían agredidos, y que antes no se habían dado ni cuenta.

Siendo esta una zona no deseada de mi personalidad, estaba oculta para mi, y cuando me lo decían, no solo no lo reconocía, sino que me extrañaba mucho que el otro lo considerara así. Mi autoconcepto amoroso no casaba bien con aquello.

Hoy, tras tirar la toalla en la lucha por la iluminación, he podido bajar al instinto para volver a subir a la luz, y he comprendido que la agresión es otro instinto más, que no debe desaparecer de nuestras vidas, sino ocupar el espacio justo que requiere, y procurar que sea de manera lo menos dañina posible para uno mismo, el otro o el entorno.

Aceptar esto me lleva a una mayor conciencia de cuándo soy agresivo, más responsabilidad de cara a los platos rotos, y más prudencia, de cara a no hacer demasiado daño. También me da más poder, más fortaleza de cara a defender lo mío, mi espacio, mi familia, mi salud, etc. De otra manera, el “virtuosismo egóico” no me deja más que en una posición débil en las luchas cotidianas, y en un ego inflado, cero responsable sobre mis desperfectos.

Hoy acepto que la vida es como un deporte en el que estamos todos jugando. Jugamos  las cartas que nos dan de la mejor manera posible: el atractivo sexual, la inteligencia, la fuerza, la intuición, etc. Negar cualquier instinto va contra natura, y por tanto en detrimento de uno mismo. ¿Se imaginan a una mujer muy bella que se tapara completamente para que nadie le viera nunca su atractivo? ¿Podría aspirar a ser integrada en la sociedad? ¿Encontraría marido? Si lo hiciera, sería sin duda más difícil, ¿no?

Los que fuimos educados como niños buenos y perdimos confianza en nuestros instintos, estamos castrados y somos como esa mujer hipotética de la que hablo, cubierta, escondida, tratando de relacionarse sin entender que algo en ella falta.

Me pregunto porqué en nuestra educación no se nos enseña a vivir los instintos de manera más sana, con ciertos límites prudentes, sino que se persiguen los instintos, tratando de ponernos en contra de ellos, como huyendo de nuestro lado animal, que en realidad es sagrado, y nos permite sobrevivir como especie y con gozo de vivir.

La psicoterapia Gestalt, ha sido y es para mi un lugar donde poder reconectar con mi fuerza más antigua, la que hace que como mi bebé, salgamos del útero e inmediatamente nos pongamos a reptar por el pecho de la madre para mamar y sobrevivir, sin pedir permiso, ni pensar si está bien o mal.

Desde aquí aplaudo la labor de los educadores y padres formados en Gestalt, que están llevando esta educación a la escuela y la familia, creando los verdaderos cimientos del mañana, personas fuertes y responsables.