Orgullo autoritario

Juan tiene claro que no hay nada como el liderazgo autoritario: «cuando las cosas van mal, y el caos reina, es necesario que aparezca un Napoleón que acabe con la demagogia del consenso, para poner orden y focalizar la atención en lo necesario, en lo que urge, en lo que no puede faltar, y en lo que trasciende». La mala noticia es que la misma historia está llena de ejemplos de líderes que accedieron así al poder, y que cuando les tocó salir y dejar espacio para el armónico orden natural, no fueron capaces de hacerlo, centrándose en su propia persona, dejando al lado el bien común.

Juan añade, no sin razón: «a falta de información, todas esas voces inexpertas que opinan no son más que ruido, no se puede hacer una asamblea sobre cada cosa para ver qué considera todo el mundo. Se convierte en algo ineficiente, que retrasa todos los procesos hasta el mayor de los absurdos».
Y sigue: «la gente no tiene ética, no hace lo que debe, necesita que la contengan, y el miedo es la única manera. Harán lo que les dejen, y yo no pienso permitir desmadres en mi presencia».

¿Tiene razón Juan? Como todo el mundo, ve una parte de la realidad y tiene una parte de razón. Repasemos un caso extremo para ver con lupa, aunque cada historia debe ser analizada por separado. Hoy, en la luz del final del que supongo primer confinamiento del Covid-19, mayo 2020, mucha gente todavía no ha entendido la trascendencia de la enfermedad, la capacidad de contagio, y la imposibilidad de dar asistencia médica a tanta gente al mismo tiempo, lo que lleva a una mortalidad inaudita en una «gripe». Esa gente que no entiende no se autocontiene, pero también hay otros que, aunque entienden, no son capaces de autocontenerse. Hay personas que siembran las redes de mensajes de rebeldía, y no se quedan en casa, poniendo en peligro al resto, porque cuando enferman sí acuden a los mismos centros médicos, contribuyendo a la saturación, y evitan que otros puedan acceder a ellos. ¿Hace falta firmeza autoritaria en este caso?

Una dosis de cruda realidad: en el mayor pico de la enfermedad en la primavera de 2020, el doctor X, reconocido médico de un hospital público de Madrid, me pidió ayuda para sostener emocionalmente una situación que le hería como persona y minaba como sanador: «la edad máxima para acceder a un respirador ese día, dados los recursos existentes, era 55 años». Los «mayores» de esa edad solo recibían paliativos (morfina), lo que tenía como consecuencia, morir con dulzura, al no poder respirar.

Conecta con lo que eso significa para ti y los tuyos, si ya has tenido muertos cercanos, o si los puedes llegar a tener. No estamos hablando de quitar dos o tres años de esperanza de vida a un número de octogenarios, que ya es grave cuando lo leemos en la prensa, me refiero a perder 30 años de vida, personas a las que él veía la cara, y que muchos tendrían dependientes (niños y ancianos). En pleno «estado de guerra», (que es como se ha vivido en los hospitales, porque la «alarma» solo fue la primera semana) este médico sufría mucho al ver partir a dos de sus pacientes al día, a los que solo podía aliviar el tránsito con los medios que le daban. Él, que había dedicado su vida a salvar personas, no podía hacer otra cosa, y sufría emocional, mental y espiritualmente, como es normal. Por mucho que nuestros «soldados de la guerra o la salud», se tengan que endurecer para sobrevivir el día a día, la tragedia va calando en nuestras células, dejando secuelas, como ha quedado demostrado en numerosas ocasiones…

Continua la lectura en mi libro “Las mil y una crisis”, próximamente a la venta.