Vanidad: espejito, espejito mágico…

Vanidad: espejito, espejito mágico…

La bruja de los cuentos de toda la vida, se mira en el espejo mágico para compararse y saber cómo es con respecto al resto del mundo(antes de los aquelarres de redes sociales, likes y dislikes, que lo han agravado todo). El espejo la reafirma: “tú eres la más bella del reino”. Hasta que un día, no lo es, el espejo ha hablado y ella (que necesita ser la más bella, con un pedazo de dependencia neurótica, vulnerabilidad y fragilidad narcisista, por muy poderosa que nos pinten a Charlize Theron) manda al cazador a matar a la niña (vale, psicópata también). El cazador se apiada de ella, y la niña crece. Desde ese momento, la niña podría ir a matar a la bruja por venganza, o bien, apiadarse de ella, (porque al verla vieja, sabe que no es competencia), sin embargo, y en base a su modelo, también podría aprender a consultar al maldito espejo y acabar matando ella misma a la siguiente generación. ¿Más opciones? Si, que la niña nunca se mire en el espejo, sea bella de por sí, irradiando luz sin buscar nada a cambio.

Si, vale, muy bonito, pero déjate de cuentos, ¿tú serías capaz de no mirarte en el espejo? ¿qué harías tú? ¿Serías capaz de soportar el resentimiento? O ¿te quedarías en el miedo de que te vuelvan a intentar matar? ¿culparías a tu belleza de haber provocado el conflicto? ¿romperías el espejo para no tener tentaciones vanidosas? Todos estos casos y más los he tenido yo en consulta, desde personalidades muy distintas, pero todos pecan de Vanidad, pecamos, incluso el antivanidoso, porque para poder hacerlo busca lo contrario de la vanidad, es decir, otra imagen. Además, una pista, el espejo no se puede romper, porque siempre podemos mirarnos en los ojos de los demás o en nuestras acciones (que es donde se miran esos brujos, que se comparan los salarios, ejercitos y tamaños de todos los tipos).

Hay un libro llamado Divergente, luego llevado a película taquillera, que a mi me generó cierto interés más allá de la acción. Tenían 4 facciones o grupos por personalidad, y un grupo se llamaban los abnegados: era gente con mucha capacidad de esfuerzo y autodisciplina, sin interés por las apariencias, vestida de gris, sin espejos en su casa, de altos valores y conocimiento, pero muy fríos y sin luz. La antivanidad por abnegación es en realidad vanidosamente consumidora de uno mismo; tanta virtud mata fácilmente la pasión y la locura, que no se mueven ni expresan, no salen hacia fuera, y así te incineran, consumiendote por dentro.

La heroína de la película se llama Tris, que me recuerda al Tres del eneagrama, incluida su capacidad camaleónica para camuflarse en cualquier entorno. ¿o es que realmente es divergente?. Ella es criada en esta facción abnegada, pero tiene demasiado impulso, demasiado instinto. Tras una crisis de identidad Tris renuncia a su casa y a la pertenencia, que la colocaba cerca de su madre y hermano. Sale para probar con los osados, amantes de la acción, que aunque parecen salvajes instintivos, en el fondo también son vanidosos porque se miran en el espejo de sus osadías, otorgándose valor por ello. Hay más facciones, pero no te cuento para que lo leas tú; es entretenido y si quieres puedes reflexionar sobre facciones, números, evoluciones, involuciones y mutaciones.

Cuando yo lo leí, supongo que me sentí divergente, como tantos otros seres complejos y autoconscientes, sabedor de que uno no se puede encasillar en una facción excluyente, porque tiene de todo, y necesita expresarlo, vivirlo, disfrutarlo y empoderarse en ello. Toda mi vida he seguido esta línea de desarrollo, prefiero enloquecer escuchando las sirenas a sentirme seguro sin oír su música, prefiero expandirme en todas las direcciones de mi personalidad, a quedarme hueco en zona cómoda neurótica, automática, sin cuestionamientos. La vanidad como núcleo neurótico de la personalidad es precisamente lo contrario, una cárcel que te aleja del ser, porque se ancla en la imagen de uno en base a lo que cree ver de si mismo: cómo se ve desnuda y vestida en el espejo, cómo hablan de ella, cuánto dinero gana, cuantas personas seduce, qué poder tiene sobre los demás, etc. En ese viaje, se desconecta de quién es en un sentido más profundo y veraz. Sin embargo, no todo está perdido, la crisis del vanidoso, sea a la edad que sea, es un regalo espiritual, donde coronar un despertar de las vísceras y corazón, trascendiendo la idea del ser, para gozar del SER con mayúsculas.