Calmar y sanar la Envidia

Quevedo, buen conocedor de nuestras gentes decía hace casi 500 años: “la envidia va tan flaca y amarilla, porque muerde y no come”. ¿actual?

A quien no le suena una persona que siempre está maldiciendo de los demás, esputando prejuicios contra el mundo, contra los que sí que triunfan. ¡Cuantos se sienten mejor viendo al que cae, que al que sube! Parece que fuera un pequeño alivio temporal de su propia existencia miserable. Y siguiendo con el autor, qué lástima que ese maldecir, malmeter, perjudicar en lo social o incluso de manera directa, ni si quiera conlleve una aportación nutritiva al envidioso, que lo hace por el placer de morder, pero la mordida no le nutre.

Ruth sufre, sufre mucho, a diario. Dice que la vida no es buena con ella, que no gana mucho en comparación con su hermana, ni tiene un buen marido como su otra hermana, ni la llaman para ir de fiesta como a tanta otra gente. Trato de explicarle que tras las apariencias nadie tiene una vida perfecta, pero no es capaz de escuchar. Se ha creído el modelo que venden en redes sociales y le frustra no estar a esa altura. Se siente sola y cuando entra en meetic los pretendientes le duran un suspiro porque tampoco nadie cumple esa altura. Es muy delgada, parece que nada le engorda, y cuando me quiero dar cuenta, me he precipitado en darle todo tipo de remedios terapéuticos nutritivos, pero nada le cala. Las neuras se unen; la falsa abundancia se lleva bien con la falsa carencia. Cuidado con quien se empareja con la envidia, puede drenarte de por vida sin mejorar. Me paro, la espero. Hago un vacío, y espero que lo sostenga, con conciencia., Su voraz agujero negro se va calmando. Revisamos su realidad objetiva: tiene un sueldo para ella sola, sin dependientes; su padre le ha pagado parte de un chalet (privilegio), tiene amigos que la quieren y buscan semanalmente, una gata que la adora y acompaña, y una salud de hierro. Es una mujer querible con la que yo me río en consulta, imagino que de fiesta tiene que ser de lo más ingeniosa. La sesión le ha sentado bien. Se va más tranquila, pero teme que esta noche vuelva a sufrir, que recuerde aquel día que sufrió, que también le pasa, y eso también duele.

Mark Twain, decía “en mi vida he sufrido cosas terribles, algunas de ellas incluso ocurrieron”. Seguiremos aprendiendo a discernir.

En lo personal, la envidia es destructiva de relaciones, familias y amistades, tan solo aparentando construir cuando cohesiona círculos para la crítica, sin corazón. La envidia en el ámbito de trabajo es muy perjudicial para todo el sistema, corrompe rápidamente el clima y la buena voluntad. En nuestras investigaciones en empresas nos estamos encontrando mucho freno al talento y la innovación por pura envidia, algo así como despreciar lo ajeno, por no asumir lo miserable de lo propio, que es muy difícil de contemplar y sostener.

Para salir de esta espiral, cada uno debe encontrar su sitio en el mundo y entender lo importante de su aportación al engranaje global, sin desmerecer lo propio ni lo ajeno. Igualmente, debemos aprender a contentarnos con lo que hay, calmando la voracidad de lo ajeno, entendiendo que no es hambre lo que uno siente en la mandíbula, es más un deseo de destruir, de morder, de rasgar, de alienar algo que pensamos que nos hace sombra.

Podemos entrenarnos en detectar, contener y reprimir esa reacción visceral, desarrollando nuestra confianza en nuestra abundancia y capacidad espiritual para encontrar otro sitio, donde la sombra no nos alcance ni nos importe, donde brillar por nosotros mismos. Si sientes que ya no aportas, busca por tu bien otro sitio, otra mirada, otro enfoque que sí que aporte y haga equipo con los demás brillos. El envidioso cuando crece, resulta ser una persona humilde sabia, humana, con la que uno desea pasar tiempo de calidad, descansando de tanto hacer.

Si tú eres un líder que brillas allá donde vas, sé consciente de lo humano que es sentir envidia de tu brillo, y aunque no tengas porqué esconderlo, sí que puedes incluir el de los demás en la atención general, otorgando reconocimiento, haciéndoles sentir parte, arropando, alumbrando.
Dice Silvia Leal, una de las mejores líderes que tenemos en España: “no hagas sombra, ofrécela”. Los envidiosos no conocen su abundancia y pueden sentir que no aportan, y por vergüenza, competitividad u odio (la otra cara del amor) rechazar o atacar tus propios logros. Ten compasión sin dejarte morder y si así te mana, devuelve al resto una mirada apreciativa, lo agradecerán y tú saldrás ganando por cuanto el clima mejorará.
Estando en Alemania y Canadá, me di cuenta de que había muchas personas de profesiones humildes que emanan una felicidad, dignidad y porte, que ya quisieran muchos de nuestros políticos y grandes responsables corporativos. En concreto recuerdo un barrendero de Berlín, que iluminaba la calle por la que limpiaba. Me hizo pensar que en España, nos hemos creído el hábito del éxito, por vanidad (hermana de sangre de la envidia), y olvidado la luz interior, quedando siempre flacos y amarillos.

¿Es malo querer prosperar en la sociedad capitalista y de consumo? No, es bueno si lo tomas como motivación, pero sin olvidar que “lo esencial es invisible a la mirada,” (el Principito) y que no se mide ni se puede comparar. Camina por tu planeta cuidando de no pisar tu rosa (tu belleza, abundancia y valía), ni la de los demás.