Guerra civil informativa

Los primeros años de este siglo supusieron para mi una gran esperanza de cambio: veía venir la incorporación de la enriquecedora diversidad en todos los ámbitos, con un ascendente hombre negro hasta la cabeza de un país con tradición racista (EEUU y Obama) y una mujer en la locomotora de Europa (Alemania y Merkel). Además las redes sociales sacaban a mucha gente de la soledad, (yo incluido en medio de una separación), y los mensajes benevolentes ecologistas y espirituales se difundían impregnando una opinión que, pensaba yo, acabaría por tener su reflejo en los poderes públicos. Europa cada vez era más grande, igual que los grandes pactos comerciales por el mundo. Unir estaba en alza. La propia crisis económica traería una oportunidad para que muchas parejas, que no se podían separar (porque entre otras cosas no podían vender sus pisos comprados a precios inflados), pudieran profundizar en la mirada, compasión y comprensión del otro, lo que con el tiempo reforzaría muchos vínculos que de otra manera habrían desaparecido.

Pocos años más tarde el clima ha cambiado. El choque de civilizaciones anunciado por Huntington pasó de ser una teoría a una realidad planetaria por no saber integrar lo que Alfonso X hizo en Toledo, unir culturas y religiones traduciendo, de manera enriquecedora. El enfrentamiento y la separación parecen la mejor opción para muchos británicos, catalanes y tantas personas que no solo se divorcian, sino que hacen apología del individualismo. Mi dinero para mí, dicen negando atención y recursos incluso al abuelo y al perro, que abandonan en las gasolineras en las vacaciones de verano.

El individualismo es necio pero requiere una valentía que no tiene la mayoría, por lo que también crecen los ejercicios de fuerza pandillera. Crecen los grupos cuya cohesión es el odio a lo distinto. Nos alejamos del pensamiento libre de manera dramática. No puedo encender mi teléfono por la mañana sin encontrarme algún mensaje de incitación al odio, en una cadena viral que trata de influir a la opinión pública. Me los mandan inconscientemente amigos o conocidos de todos los partidos políticos. Son mensajes dogmáticos, totalitarios, que lejos de fomentar el sentido crítico asustan con tambores de guerra con lo que se supone que el otro está haciendo, agresivos. Voy perdiendo amigos con un click, por solo pedir que no me envíen cosas así. “Conmigo o contra mí”, vienen a decir. Deben pensar que no soy de los suyos, pero tan solo aspiro a ser libre, soy apolítico y ecuánime por naturaleza y cultivo.

La verdad es que yo solo quiero que no me intoxiquen con información no contrastada. Pensaba que estas tormentas informativas solo se producían en pleno proceso de elecciones, cuando gente sin escrúpulos inunda Whatsapp con mentiras que se multiplican con el único ánimo de ganar las elecciones, como si fuera una guerra sin ley, donde el fin justificara los medios, pero con solo dos semanas de nuevo gobierno el clima sigue igual o peor. La guerra por el poder cada vez es más sucia, y nuestros cándidos “cara libros” (Facebook) se contaminan con Cambridge analítica y tantos otros, dando de comer consumo a destajo y propaganda confeccionada y suministrada por robots pagados con criptomonedas (esas con las que ahora está de moda especular , pero que también sirven para pagar a asesinos a sueldo, terrorismo, armas y drogas).

¿Es política de partidos y multinacionales imbuida en la sociedad? No solo, eso son las grandes ligas, pero aquí hasta las antiguas causas loables están en guerra, la guerra de la información: feministas, veganos, ecologistas, animalistas, etc… Todos tienen su altavoz y muy pocos intentan escuchar y comprender al otro, tan solo sentar cátedra, asumir que su opinión es la Verdad, que ellos son la Verdad, que ellos son Dios, y el que no lo acepte, un hereje al que derribar con escarnio público.

Tan solo me queda la esperanza de recordar que la historia siempre se ha movido así, de manera pendular, que pronto cambiaremos la tendencia, y quizás acumulemos cosas buenas de este periodo, como la conciencia de que la información (desinformación) es una arma de destrucción masiva que también debe tener alguna regulación, y su uso delictivo y criminal una persecución. Eso espero, no quiero pensar que entre medias la humanidad reventará por las costuras de fibra óptica en lo que cada vez se parece más a una guerra civil informativa sin compasión por la diversidad, lo que une, lo que somos como civilización y especie, que sobrevivirá o no.

Jorge Urrea es psicoterapeuta, escritor y conferenciante.