heridas


Mi hija de 9 años se cambió de colegio hace un par de semanas. Estábamos encantados de poder llevar a nuestros hijos al mismo sitio. La adaptación fue inmediata, y en dos días estaba feliz, hasta que al finalizar el tercer día, antes de ir hacia la ruta de vuelta, 4 niños la rodearon y le preguntaron cual era el más guapo. Ella pensó que si respondía los demás se sentirían mal y no respondió. La sorpresa fue que los niños la tiraron al suelo, la arrastraron hasta un cuarto de baño y le dieron patadas en el suelo, momento en el que sus amigas aparecieron y la sacaron de allí, y se pudo subir al autobús a tiempo. Llegó a casa compungida, temblando, sin entender nada. Como yo insistí en que hiciera yudo desde pequeña le pregunté si no había podido defenderse y me dijo que eran muy grandes. Además, añadió que su hermano, que pasaba de fondo, les hizo un gesto de aprobación con el dedo hacia arriba a los agresores.
¿Cómo crees que me sentí yo? ¿cómo reaccionarías tú? No sigas leyendo date un momento para respirar lo que te cuento.

Ahora te lo voy a contar otra vez, pero cambiando el género, que fue como sucedió de verdad.
Mi hijo de 9 años se cambió de colegio hace un par de semanas. Estábamos encantados de poder llevar a nuestros hijos al mismo sitio. La adaptación fue inmediata, y en dos días estaba feliz, hasta que al finalizar el tercer día, antes de ir hacia la ruta de vuelta, 4 niñas le rodearon y le preguntaron cual era la más guapa. Él pensó que si respondía las demás se sentirían mal y no respondió. La sorpresa fue que las niños lo tiraron al suelo, lo arrastraron hasta un cuarto de baño y le dieron patadas en el suelo, momento en el que sus amigos aparecieron, le sacaron de allí, y se pudo subir al autobús a tiempo. Llegó a casa compungido, temblando, sin entender nada. Como yo insistí en que hiciera yudo desde pequeño le pregunté si no había podido defenderse y me dijo que eran muy grandes. Además añadió que su hermana, que pasaba de fondo, les hizo un gesto de aprobación con el dedo hacia arriba a las agresoras.

¿Cómo crees que me sentí yo? ¿cómo reaccionarías tú? No sigas leyendo date un momento para respirar lo que te cuento. ¿qué ha cambiado?
Yo soy un padre sensible, consciente y protector. Lo primero que hice fue respirar para recuperarme del impacto emocional y ver con claridad, mientras que le arropaba, abrazaba y escuchaba. Cuando escuché que mi hija no solo no había avisado a las profesoras sino que había pasado de largo, apoyando el movimiento con el dedo hacia arriba, me indigné con ella y le pregunté cómo se sentiría de haber sido al contrario y les recordé a los dos la importancia de defenderse mutuamente para el resto de su vida. Luego les dije que en una situación así siempre deben buscar la ayuda de un mayor y gritar tan fuerte como puedan. Después medí bien mis palabras, porque de haber sido niños del mismo sexo, una patada en los huevos y una carrera habría sido una posibilidad, pero hablando de niñas aunque sean más fuertes, no quiero que nunca pueda levantar su mano contra ellas. ¿micromachismo, galantería o prudencia legal? No lo sé.

Les dije a los dos que ante un ataque nunca perdieran su altura, que se levantaran rápido; que no se dejaran acorralar; que el amor puede tener manifestaciones absurdas y resté hierro al tema, y a mi hijo después de escuchar su dolor, traté de levantarle la moral con risa y chistes compartidos, porque no se puede ser tan guapo, etc. Al día siguiente coincidía la reunión con la profesora y lo comenté sin darle importancia, pero para que estuvieran atentos, igual que hice con el padre de la principal hostigadora, sin apuntar con el dedo, restando importancia, riendo sobre su capacidad diplomática para no herir a nadie, (pero al mismo tiempo señalando que el niño lo había pasado mal). A los dos días le pregunté a mi hijo: había jugado con las mismas niñas, y se lo había pasado bien. Bravo por todos los interlocutores, que no sacaron de quicio el tema.

Llevo ya muchos años trabajando como terapeuta y sé que la herida psicológica nunca cicatriza si se hurga en ella eternamente, se victimiza o se magnifica los acontecimientos. Se pueden hacer liberaciones catárticas, empoderamiento, desensibilización contra el miedo, y muchas otras técnicas, pero demorarme en lo mal que lo pasó, más allá de la necesaria expresión del dolor, no le ayudaba, con lo que lo gestioné con calma, acompañándole en su dolor real , que no el que yo pudiera proyectar sobre él como adulto con una maleta propia de abuso, con maltrato de una expareja, y bullying en el colegio (como se puede leer en mi artículo “Me too”). Esto es importantísimo, los niños tienen una plasticidad fantástica, que les permite vaciarse de resentimiento, y volver a jugar juntos al poco, sin etiquetas ni prejuicios, sin construir ni perpetuar una guerra. Los profesionales de asistencia, no debemos magnificar las heridas, ensalzando el odio y crispando ambientes, debemos facilitar una salida a los conflictos aportando calma y sosiego. El que no lo haga así, seguramente está sacando un rendimiento económico o vengativo, que nada tiene con el interés profundo de su cliente.

La pregunta de género es: ¿y si hubiera sido al revés, y si fuera mi hija, y el niño fuera un cómplice pasivo en la escena? Yo mismo siento que mi propia emoción se altera al contemplar la escena cambiada, lo reconozco, me lo estoy revisando y reprogramando, porque si no ¿significa eso que la herida de un niño es menor que la de una niña? Si lo llevamos a los mayores, ¿las muertes de hombres en manos de mujeres, o de hombres en manos de hombres son justificables, o son menos graves? El clima de crispación actual nos lleva rápidamente a pensar en que “algo habría hecho el hombre”, ¿no? Olvidamos el principio de presunción de inocencia que la ley actual se ha cargado, porque los hombres dormimos en la cárcel antes de poder declarar. Olvidamos la no discriminación por motivo de sexo de la Carta Magna de Naciones Unidas y nuestra propia constitución, que la ley actual no cumple. Durante años he tenido esperanza en que esta medida institucional de desigualdad redujera el número de muertes de mujeres, pero los números no cambian, las muertes femeninas entre 2005 y 2015 son las mismas. Creo que aquí no hay una lucha de sexos como nos han contado, aquí lo que hay un enfrentamiento de algunos hombres con algunas mujeres, y viceversa, y todas las muertes son trágicas, y los asesinatos perseguibles con igual tesón y firmeza (en contra de lo que la alcaldesa Carmena dijo en el televisión de que “de las 16 muertes violentas sucedidas en Madrid en 2017, lo preocupante es que 5 fueran mujeres”, como si las demás no fueran igual de preocupantes, y que conste que soy apolítico).

Yo lloro de dolor al contemplar estas escenas, de hombres y mujeres, por todos los seres humanos que sufren injusticias y violencia. Yo todavía no estoy desensibilizado por tanto telediario a la hora de comer (que ya no veo, porque me informo de otras maneras) ni por las películas de violencia (que tampoco me aportan). Tampoco estoy desensibilizado por discursos ideológicos y políticos que nos programan con su propaganda dirigida a la defensa de un grupo de interés, que no del colectivo. El día que escuché que mujeres reían ante la noticia de que una mujer había guardado la cabeza de su marido en una maleta y le había pedido a una amiga que se la guardara, tuve ganas de vomitar y me di cuenta de que mucha gente no solo ha perdido la sensibilidad, también la cabeza para recordar lo que está bien y lo que está mal.

https://www.larazon.es/tv-y-comunicacion/una-tertuliana-de-tve-se-rie-del-crimen-de-castro-urdiales-JA25161019/

Mala cosa en una época donde parece que las redes sociales juzgan y condenan antes y después que los jueces, con enorme trascendencia porque dañan a inocentes (y sus entornos familiares, incluidas madres, hermanas e hijas) e incluso son capaces de cristalizar creencias locas compartidas como que el hombre es por naturaleza un violador y asesino en potencia, y debe tener menos derechos que la mujer. Este trato degradante y perpetuador de un conflicto solo apoya al que saca dinero con él, sea abogad@, psicólog@ o polític@, y es en realidad lo primero que deberíamos perseguir de manera implacable, para recuperar la paz y el amor que debe reinar en las parejas , familias y compañeros de todo tipo.