Crisis de los cuarenta: Comieron perdices y no fueron felices

Mis amigos se ríen porque cada año les invito a una fiesta de cumpleaños donde anuncio “otro año menos de crisis de los cuarenta”, lo que parece esperanzador, pero pronto empezaré las crisis de los 50. Allá donde gente aparenta estar por encima del bien y del mal, aparentando vidas perfectas a golpe de botox, yo reconozco abiertamente que vivo permanentemente en crisis. Es por eso que hago meditación, y al menos, esos ratos escuchando el silencio, vuelvo al centro y veo con más claridad por dónde afrontar la crisis que me toque cada día, que no es más que una oportunidad, bien enfocada.

En mis cuarenta y muchos ya, me encuentro con una realidad envidiable: una esposa de bandera, unos hijos de catálogo, amigos de verdad, éxito profesional con conferencias, libros, clientes, radio, televisión… Como la envidia es moneda común, cuando alguna vez me quejo de mis dificultades, hasta los mejores amigos tienen ganas de pegarme una colleja, pero la verdad es que detrás de la apariencia vida perfecta, yo, tengo muchas crisis.

La pareja puede ser maravillosa, pero en el día a día, no está para colmar las necesidades de uno mismo. Tiene su propia misión en esta vida, y el poco tiempo que le queda está cansada, y como es normal, no tiene como objetivo regalarme la poca energía que le queda. Necesita un lugar de nutrición, como yo, donde aprendamos a darnos sin entregar nuestra sangre en ello. Esto es un arte que voy aprendiendo con los años, la verdad, saliendo de la dependencia a la autodependencia, rompiendo el espejismo de pareja para que yo sea feliz, construyendo una pareja con la que ser feliz. Emergiendo de un infantil narcisismo hacia un hombre maduro. Es un duro proceso, que yo considero como una travesía por el desierto. La sociedad de consumo, metida hasta la médula de nuestra existencia, siempre canta de fondo como una sirena, me dice que es mejor que cambie, que compre otra, que el césped de allí es más verde que éste. Lo reconozco, en la noche oscura del alma, he perdido el sueño pensando en si me estaba confundiendo, y no sé si es así, pero yo hasta hoy, he apostado por consolidar la familia y profundizar en la pareja estable. Sinceramente, a veces lo lamento, pero otras, compruebo con perspectiva que lo que construimos juntos crece sin cesar, y me siento orgulloso de ello.

La paternidad es y ha sido para mi la gran misión de mi vida. Fue la razón por la que mi relación anterior, que me era muy querida, acabó, y por oposición la razón, por la que en algunas crisis de pareja, el bienestar de la familia se pone por encima de todo, amalgamando con una fuerza mágica. Dicho esto, mi presencia diaria con los niños, toca en muchos momentos con necesidad de retirada, de silencio, de no ser padre por un rato, o unos días. Al principio sufrí mucho, porque no me gustaba la imagen que recibía de mi, hasta que lo integré sin juicio. Ahora me tomo mis retiros diarios y por temporadas, donde no hay niños ni por teléfono. Necesito silencio, y me alejo, hago mis viajes fuera, retomo mi centro y mi energía, y las ganas de volver a dar y compartir. Si crees que esto es una traición, te recomiendo hacerlo de vez en cuando, y comprobar las ganas con las que uno vuelve, al contrario de las ganas que uno pierde cuando siempre está ahí, abnegado, gris, desvitalizado por falta de motivación. Si quieres reírte con los niños, y darles un ejemplo de humanidad, siempre puedes ver la última película de Shrek, donde él también tiene su crisis. Será mucho mejor, que contarles un cuento chino de que cuando dos finalmente se casan, “viven felices y comen perdices”. La realidad es siempre más compleja, con crisis, y darles un ejemplo de cuento real es más fácil que contarles tu vida, que uno no tiene porqué compartir todo en la pareja ni con los hijos.

Los pacientes-clientes, son la otra pata de mi sensación de ser de utilidad en esta vida, y una fuente muy importante de aprendizaje de lo que es el mundo y soy yo mismo, en definitiva. Sin embargo, igual que con los niños, de vez en cuando necesito limpiarme de tensiones acumuladas, supervisarme lo que me pasa a mi con sus historias, y distanciarme en un sitio donde reganar fuerzas, Hubo un momento donde tuve tanto trabajo que tenía lista de espera, y algunas personas empujaron para no respetar mis límites. Recuerdo que mi cuerpo hablo, con sensación de taquicardia, angustia, pesar en los hombros… Pude hacerlo respetar, renunciando a clientes y a una imagen mía como de el único que podía salvarles, ayudarles, acompañarles. Fue una crisis memorable, de la que aprendí mucho, aunque “perdiera” dinero invirtiendo en pérdidas, referenciándoles a otros colegas.
Seguramente, en tu propia vida tendrás resonancias, ejemplos de tu propia vida, donde te verás reflejado en unas cosas u otras. Se me ocurre para despedir un ejemplo cómico de automatismo, identidad y manera de estar ante el mundo. Salió en redes un gracioso vídeo navideño llamado el “sentador de madres” (que mis hijos dicen debería ser el sentador de padres, luego algo hago distinto, que no mejor), donde se pone de relieve la hiperactividad de la madre de toda la vida en las fiesta de Navidad, tratando de preparar todo, y hacer que la gente disfrute. Propone el vídeo como salvación de esta madre un cinturón que te ata a la silla.

Yo creo que es buena idea para que no te muevas, asumas que no todo el mundo te necesita, aprendas a delegar, a pedir, y a disfrutar del bullicio que has montado en tu casa con tu consentimiento, porque si no es así, hazlo en casa de otro, o en un restaurante.
Muchas madres dirán, “ay hijo, a mi edad, para qué voy a cambiar, mejor aguanto el tirón, que en el fondo me hace feliz veros así”, (desaprovechando la información aportada por la crisis del cuerpo y la emoción, que dicen que ni disfrutan ni pueden más) para ocupar otro sitio en el mundo, más placentero, con más presencia de otro tipo. Ante este automatismo de la madre, la mirada compasiva del hijo le dirá que ya lo hace él, o que al menos él también quiere colaborar, mientras que la del hijo cabrón, perdón, inmaduro, añadirá, que ya puestos, le haga una tortillita mami, y es que Dios las cría y las neuras se unen…

Acabo con humor reflexivo un artículo que de fondo trae temas críticos, de crisis y oportunidades, individuales, de pareja, paternidad, género, familia y social. La razón es obvia, no hay mejor manera de afrontar una crisis que con humor y compasión, por oposición a la ira y la intolerancia, que creo que no ayudan a nadie. ¡Feliz crisis a todos!