Gestión del dolor II: Resentimiento o Resiliencia

“Hoy me vuelve a doler la espalda. No es que ayer no me doliese, es que ayer era soportable y hoy no. Siento que no puedo respirar y con el paso de las horas sin alivio voy desesperanzando. Es un chillido proveniente del fondo del alma, que se esconde en la columna, profundo, y se irradia por el cuerpo arriba y abajo. Me siento vulnerable, retraído, malhumorado, depresivo, desolado, desconsolado. He aprendido que el movimiento es mejor que permanecer parado, y como un león me muevo dentro de la jaula de mi dolor, pero ésta se va haciendo cada vez más estrecha hasta no poder espirar”.
“Me enfado con mi propio cuerpo y dirijo mi propia frustración e ira contra él. Qué mierda de cuerpo me ha tocado, tan aparente y tan poco confiable. No puedo más. Me gustaría tener a mis niños en mis brazos, pero no puedo, no debo, me recuerdo. Desde niño aprendí que mis capacidades físicas, demostradas en deporte de alto nivel, nada tienen que ver con mi tolerancia a esos esfuerzos”.
“Tanto dolor no lo aguanto más, treinta años sufriendo así son demasiados”, “soy demasiado joven”, “esto no es justo”, “¿por qué a mí y no a los otros?”, “Dios no estaba pensando en mi”, “no hay Dios misericordioso si yo sufro tanto”, “si pudiera me arrancaría el brazo”, “¿para qué me sirve tanta sensibilidad si no paro de sufrir?”
Si tienes dolor crónico puede que te suene alguna o muchas de estas frases. No lo juzgo, es humano, y si nos quitan hasta la capacidad de quejarnos, mal vamos. Si estás sano y acompañas a alguno de estos seres humanos también pueden ser pensamientos tuyos, e incluso podrías añadir tu propia versión adaptada: “¿por qué a mi familia, por qué tanto tiempo, por qué tan extremo, por qué no le ayudo a morir si es lo que quiere, por qué a mi esta carga si yo podría vivir feliz, cuánto tiempo más tendré que aguantar en este lugar tan oscuro? Tampoco lo juzgo, me parece importante que todos encuentren el espacio donde poder expresar, y trascender también. La enfermedad y el dolor crónico es una carga para todos los que la rodean, que mina con el paso del tiempo, y debe ser llevada con mucha conciencia, para no arruinarse uno, enrarecer las relaciones, ni acabar con ellas.
El gesto de mirar al cielo con el puño en alto, clamando contra Dios, como una ultrajante injusticia es muy humano, nos ha pasado a todos en algún momento, o en muchos. Sin embargo, no se puede mantener como actitud contra Dios, el espíritu y la vida (que puede que sean lo mismo). No ayuda a seguir adelante.

La energía es ilimitada, está en todas partes, en continuidad, (somos energía, y espiritualmente, no hay diferenciación entre nosotros y el resto, en términos de energía). Sin embargo, nuestro nivel de consciencia y acceso a la energía para festionarla en la actualidad es muy limitado. Por esta misma razón, debemos aprender a gestionar nuestra atención de cara a evitar fugas energéticas, y que nuestro pensamiento no se quede anclado en una espiral negativa, lo que siendo humano y comprensible, también es altamente tóxico y contraproducente.

Conducir la atención, y por tanto la energía, a lo que hay, a lo que se puede hacer, abre la puerta a la vida, a desarrollar el potencial, que con una buena motivación es mucho más que el rendimiento vital anterior a la enfermedad, pérdida, etc. No es una teoría, es una experiencia que narran y demuestran con sus vidas gente como Irene Villa, cuya madre supo orientar tras el salvaje atentado, impulsando su vitalidad y resiliencia. Genial, la resolución del genio Stephen Hawking, trascendiendo la enfermedad y el cuerpo desde el pensamiento, y viviendo (se casó dos veces y tuvo tres hijos). Si Stephen se hubiera centrado en el resentimiento contra su suerte y se hubiera dejado intoxicar existencialmente, su esperanza de vida con el ELA hubiera sido de 14 meses, lo que a los 21 años, habría implicado una muerte en la más joven edad y una enorme pérdida para la ciencia. Sin embargo, vivió 55 años más, para incomprensión de los neurólogos, que todavía no se lo explican. Yo intuyo por su mirada (abierta, alegre e ilusionada) y por la pasión demostrada por su trabajo, que su atención y energía vital se puso al servicio de su obra en este mundo, permitiéndole una extensión de vida de 54 años con respecto a la esperanza médica. ¡Gracias por la gesta y tu legado Stephen! Sirva de ejemplo para todos.

Acompañar a Stephen, así como a tantos enfermos incapaces, no es tarea para cualquiera, ni de cualquier manera, ni en cualquier momento. Muchos en poco tiempo, lo vivirán como una carga excesiva, desgastándose en el viaje. Sin embargo, los que se atrevan, con verdadera vocación de servir, sentirán una gran sensación de misión cumplida en este plano, y podrán aprender de su ejemplo vital, de su actitud, y en casos como éste, de su interpretación no solo del cosmos, sino de lo que les rodea, lo que en mi experiencia acompañando gente que sufre es un auténtico regalo por el que dar muchas gracias todos los días.

* Sigue la lectura en el nuevo libro sobre Crisis de Jorge Urrea. (fecha esperada de publicación mayo 2020)