Lecciones desde el monasterio IV- RUIDO

Lecciones desde el monasterio IV: RUIDO.
Por Jorge Urrea

Hace cuatro años cumplí mi sueño de comprar una casa en el campo, en principio era para fin de semana, pero la vida me acabó regalando la oportunidad de disfrutarla todo el año. El caso es que después de las pertinentes tensiones resultantes de firmar una segunda hipoteca, nos dieron las llaves y fui a verla yo solo. El dueño me contaba todos los trucos de la casa y yo en mi ensimismamiento, no pude ver más que cosas buenas.
Rápidamente, demasiado para mi mujer, compré muebles y nos dispusimos a pasar la primera noche en aquel lugar idílico con vista a la puesta de sol sobre el pantano de Pedrezuela. Todo era risa, alegría y compartir, pero cuando dejé a los niños acostados y salí al jardín a meditar bajo las estrellas, conecté con algo inesperado: el ruido de la carretera, que aunque estaba a unos 800 metros, suponía un nivel de ruido considerable, más alto del que teníamos en la casa de Madrid. Mi respiración se bloqueó, mi oda a la vida retirada se vino abajo, tenía ganas de llorar: me quedaban 30 años por pagar una casa con ruido. Entonces recordé las palabras de Cristina, mi alumna de tai chi que vive en la calle Príncipe, en el centro de Madrid. “Hay que ecualizar el sonido”, y poco a poco lo identifiqué con el del mar, hasta relajarme y dejar de escucharlo.
Pasaron tres años y decidimos cambiar nuestra casa por una para de todo el año, y ya de paso alejarnos de la carretera, pero yo que había aprendido de la experiencia, fui a meditar caminando en silencio (Still Walking) por la otra zona de la misma urbanización donde ya estábamos arraigados y decididos a seguir viviendo, por un interés de familia más que propio, la verdad. Al ganar silencio lejos de la carretera, me di cuenta de que los ocasionales aviones que se acercaban a Barajas, a pesar de estar a 50 km, causaban un estruendo, que de nuevo era superior al ruido que teníamos en la ciudad, o eso pensaba, porque la realidad es que en la ciudad hay mucho ruido constante, que solapa otros ruidos.
Estando en esas, conduje al Monasterio de Plum Village cuna del Mindfulness, en plena campiña francesa, a una hora de coche de Burdeos por carreteras minúsculas. El final del camino recordaba casi a las praderas canadienses por lo aislado, y la finca era tan grande, que los vecinos no podían molestar. Este es mi momento, pensé, por fin sigo el camino sosegado de Fray Luis de León. Al día siguiente nos fuimos a caminar todos juntos en actitud contemplativa, en silencio, y llegamos a una pradera custodiada por gran número de budas pétreos. Me senté, respiré, y un Boeing 747 pasó por encima de nuestras cabezas haciendo vibrar nuestros cuerpos.
Mi primera reacción fue reír a carcajadas. Ni el bueno de Thich Nhath Hanh puede escapar al ruido pensé. Luego decidí fluir con el tema, e incorporarlo, recordando que pronunciar el sonido RAM, (que bien podría ser de turbina), visualizando la zona del perineo ayuda a subir la energía. (es una de las técnicas que siempre enseño cuando formo en Alto Rendimiento) Dejé de luchar con el entorno y lo incorporé para mi bien. Fluir no es hacer yoga ni meditación dos veces por semana en una sala silenciosa. La atención plena tiene que ver con abrir la percepción y ver lo que podemos hacer con esa vida que nos llega en maneras paradójicas y que en muchos casos no podemos cambiar.
En el monasterio de vez en cuando tocan una campana y la consigna es que pares lo que estás haciendo y conectes. Puede que te pille hablando, y al parar te das cuenta de lo estás diciendo y desde donde lo haces, ¿es un sitio virtuoso, o egoico? ¿es bondadoso o malintencionado? Puede que te pille la campana comiendo: ¿a qué sabe, te sienta bien, es lo que necesitas, lo comes con ansiedad? Así con todo. Un avión es un ruido no deseable, pero también puede ser una invitación a vibrar desde el perineo y ganar energía, o podemos incorporarlo como una campana que te recuerda parar y conectar.
La atención no es necesariamente pasiva-receptiva, también se puede ecualizar, interpretar, orientar y focalizar. El proceso contrario, que es por el que he tratado a tantos clientes en consulta, es el de obsesionarse con algo que no cambia (los aviones pasan, o la vecina sigue poniendo radio olé, hay miles de distracciones). Recomiendo ver la película Noise donde resonar con las experiencias de un Tim Robins desquiciado. Puedes combatir todos esos ruido en tu vida y luchar por un mundo mejor, pero ten en cuenta que la lucha puede convertirte en una persona igual de hostil que lo que tú sientes como agresión externa. http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-69975/
Otra posibilidad es la del que se obsesiona sin reaccionar, que deja de gobernar y focalizar su atención. Es víctima de la vida. Entra en una espiral de pensamiento negativo, donde la privación de libertad es cada vez mayor, el resentimiento y la ira se acrecientan de manera exponencial. Esta mañana leía que una mujer había empezado un tiroteo en un fastfood de EEUU porque las patatas fritas estaban frías. Vivimos como auténticas bombas a presión, apretados por lo que vivimos como agresiones personales, directamente dirigidas a nosotros, sin entender que los aviones, que nosotros también tomamos, pasan sin mirar abajo, y el camarero del “fastfood” fue tan “rápido” que no frio bien las patatas o las tomó de las de hace cinco minutos (que es el tiempo que esa pasta congelada con forma y sabor a patata deja de estar rica). No es personal, no te irrites, se le puede indicar que las cambie con una sonrisa y un loto, como hacen en el monasterio, o lo que es mejor, consumir otro tipo de “patata” en otro tipo de establecimiento.
En ocasiones podemos cambiar la hipoteca e ir a otro sitio a vivir, pero es raro. La mayor parte de las veces debemos aprender a convivir con agentes estresores (incluso en sitios tan idílicos como el monasterio de Plum VIllage, donde por cierto se gestionan con una sonrisa eventos de 500 personas, con comidas, bebidas, baños, guarderías, conferencias, interpretaciones simultaneas con alto despliegue tecnológico y ventas de souvenirs ecológicos y orgánicos con facturas e impuestos). Debemos aprender a gestionar la atención, ecualizarla, subir o bajar el volumen de lo que percibimos y aportar al mundo un trato agradable, por nuestro bien, el de los que nos rodean y el de los que están por venir.

Jorge Urrea es gestor de crisis personales y profesionales.