Me too: yo también consentí, o no.

(texto de mi intervención en el Ateneo de Madrid)

Por Jorge Urrea Filgueira

Qui tacet consentire videtur si loqui debuisset ac potuisset

Dice el derecho desde la antiguedad que quien calla cuando pudiera y debiera hablar parece que consintiera. Hoy en lugar de hacer sensacionalistmo con las historias desgarradoras de algunos pacientes, hombres y mujeres, quiero repasar algunas escenas en torno al consentimiento en mi propia vida, que ha sido bastante normal. Les animo a hacer el mismo ejercicio en casa, sorprenderse y aprender.

NO me callé cuando con 6 años, una señora en el autobús se sentó y me aplastó y le grité “señora yo también necesito un sitio”. Todo el mundo se rio, me contó mi madre. Bendita espontaneidad infantil. Ojalá no la perdieramos nunca.

Sí me callé cuando con 7 años mis primos, un poco más mayores me indujeron a consumir cigarrillos y pornografía, lo que me desagradaba, recabando mi propia paga infantil. Necesitaba sentir que pertenecía a mi familia y ellos tampoco eran conscientes. Está reflejado en un profundo análisis en el artículo Educar en el porno. https://www.womenalia.com/blogs/yin-yang-del-desarrollo-personal-y-profesional/educar-en-el-porno

Me callé también cuando el profesor de lengua daba capones con el anillo, o el de dibujo técnico arrancó las patillas a mi compañero de clase al levantarlo en peso de las mismas, y le dejó sangrando. (hoy nadie se quedaría callado, afortunadamente avanzamos, pero entonces el miedo a la autoridad del profesor nos congelaba).

Sí me callé cuando me hicieron burla y acoso, tanto un profesor, como varios alumnos, durante años. Me callé tanto que fuera de mi amoroso hogar dejé de hablar prácticamente, eligiendo la soledad, hasta que un chico benevolente me sacó de ella. Gracias Alberto!

No me callé cuando mi entrenador abusó verbalmente de mi, como de tantos otros, y lo denuncié ante el director de deportes. Al final volví al equipo y él también, yo motivado por el entrenamiento, y el deporte, válvula de escape para aquella soledad silenciosa. Él sin cargas, pues nadie más se atrevió a confirmar que con ellos también lo hacía. Todo parecía igual, pero no, yo había hablado y él aprendió a respetarme.

Me callé cuando intuí que un religioso de mi colegio estaba abusando de su posición con algún compañero, tocándole, llevándolo a su despacho en privado. A mí sinceramente me dieron celos de la atención que él recibía, pero intuí que había un precio, que no estaba dispuesto a pagar. 25 años después me confirmaron que así fue.

No me callé el día que el prefecto de disciplina me tuvo 40 minutos de pie a diez metros, con 39 de fiebre, esperando a ver si quería abrirme la clase para llevarme el libro del examen a casa. Le mandé a la mierda literalmente. Tenía mucha fiebre y no medí bien, tuve suerte, porque el día siguiente que nos vimos me pidió perdón. Un hombre sabio.

Me callé cuando una novia modelo me dijo que estar con ella era un privilegio, y que yo tenía que cubrir sus gastos, en concreto los de nuestra estancia en la sierra, aquella semana santa que tanto había deseado compartir con ella. Aprendí que mi amor no debía valer lo suficiente, que también tenía que pagar. Aquello no era machismo, era mercantilismo, y yo lo compré acumulando mi normalitas “pagas” semanales (y perdí autoestima).

Me callé del todo cuando mi novia empezó a mostrar rechazo y desprecio a mi sentido del humor, a mis opiniones, a mis amigos, y luego siguión con enfados coléricos que no supe confrontar. Mi mejor amigo me dijo, “esta chica te quita el habla”. Yo me justifiqué con que no necesitaba acaparar la atención, que ese lugar de fondo también me gustaba, con tal de estar con ella, tan guapa, tan singular, tan especial. Consentí en eso, y consentí con que me contara que constantemente le atraían otros hombres y tenía presentes imágenes muy vívidas con ellos. Yo elegí escucharla durante interminables sesiones, donde ella se ponía de víctima de brujería negra, y yo de terapeuta impasible. Una locura mutua que me destruyó la autoestima durante años, más el día que se fue con un famoso, cuya cara me encontraba después en la televisión y los quioscos. Cuando ella pretendió que yo siguiera estando para ella, al mismo tiempo, yo conseguí decir NO, y separarme. Sin embargo, pronto retomé contacto con ella, como amigos, me decía, pero era por dependencia. Necesité 10 años más de terapia y empoderamiento psicocorporal para moverme ante ella de manera más natural, solo como amigos, hasta el día en que me levantó la mano, y yo pude echarla de mi casa.

Me callé cuando me contrataron al más alto nivel y sin seguridad social, a pesar de ir contra la ley (porque yo tenía mi despacho en la institución), pero lo hice por amistad a quien me introdujo y por miedo a perder el trabajo.

No me callé cuando trabajaba para el ministerio de exteriores y entramos en guerra en Irak, colaborando solo, pero me pareció suficiente, fui a la manifestación y ahí sí me jugué el puesto de trabajo, que no perdí, pero un atropello en bici me paró la vida, reflexioné en cama y dimití por pura coherencia.

Me callé cuando en un ejercicio de psicodrama propusieron cambiar roles, y como chico me convertí en Mía, una atractiva mujer fatal, que pensé dominaría con sus encantos, pero me encontré con que las mujeres presentes se convirtieron en machos burdos que me sobaron el culo, el pecho y hasta el paquete, violando mi intimidad. Yo les decía no, estate quieto, pero flojito, pensando que no me pasaba nada por soportar unas cuantas bromas. Cuando acabó el ejercicio, nos pidieron que conectáramos con como nos sentíamos y yo me puse a llorar desconsoladamente. Les sacaba una cabeza a todas esas mujeres vestidas de hombre, pero no fui capaz de impedir una agresión que me había herido el alma. El miniejercicio de empatía me hizo pensar que es absolutamente imposible ponerse en la piel de tantas mujeres dañadas y abusadas durante tanto tiempo, Vayan mis propias lágrimas por ellas.

No me callé ni me callo, cuando aprendí sobre la realidad de los refugiados, y colaboré con Comisión Española de Ayuda al Refugiado, y aporto dinero todos los meses a ACNUR para no consentir la injusticia de haber nacido en el lugar equivocado.

En conclusión:

Hay mucho más, pero hasta aquí puedo leer. Cuando repaso todos esos contextos, encuentro muchos factores que me impulsaron a la resignación y aquiescencia: necesidad de pertenencia a un grupo, necesidad de gustar, de ser querido, necesidad económica (no perder el trabajo), necesidad de amparo espiritual, etc. En unos casos pude expresar un No, pero en otros, no fui capaz, no me compensó, no estaba maduro, o preferí seguir forzando la máquina, la mía y la del otro, para mantener aquellas relaciones. “Un privilegio”, pensaba yo que tenía al lado de mi novia, creyendo que era una diosa, y yo un mortal. Nada más lejos de la realidad.

Ha pasado mucho tiempo, pero hoy al escribirlo todo junto me siento víctima de tantos abusos, me siento resentido y tengo ánimo de venganza. Durante tiempo me recreé pensando en romperle las ruedas y ventanas del coche del profesor que me amargó la existencia y las matemáticas durante años, cuando acabara el colegio, pero el día que años después volví allí, le vi anciano y amargado, y entendí que lo mejor que podía hacer yo era olvidar, que no perdonar. Desvincularme de él, soltar el pasado para volver a mi presente, a mi aquí y ahora, y disfrutar de lo mejor que puedo hacer en cada instante, con toda mi fuerza y mi capacidad de expresión. Debo respirar, volver a mi centro, recordar quien tiene el poder. Soy yo.

No tengo culpa por las veces que no me expresé ni pude ver con claridad lo obscuro de la situación. Durante tiempo era menor de edad, y estaba en situación de inferioridad. En otras ocasiones las relaciones verticales hicieron que yo desde abajo me dejara abusar por el de arriba. En otras, supuestamente horizontales, simplemente la inconsciencia del precio a pagar, me llevó donde no debía ir. ¿O acaso sí que debía ir? Como persona resiliente, reconozco que gracias a mi entrenador conseguí una capacidad de esfuerzo y disciplina que me ha ayudado a sostener momentos realmente complejos en la vida. Gracias a aquella novia, me separé de la diplomacia, que poco tenía que ver conmigo, fui a terapia y luego me hice terapeuta, lo que me hace muy feliz y en lo que soy mucho mejor profesional de lo que sería en cualquiera de los muchos estudios que hice antes. Gracias a aquellas vivencias hoy puedo acompañar a muchos hombres y mujeres en situaciones parecidas y entenderles mejor que si las hubiera leído en un libro. Mi camino es sagrado y por ello le doy gracias a todos los que lo han compartido conmigo. Gracias por lo bueno y por lo malo.

Hoy he hecho una catarsis escribiendo todo esto, pero no pienso seguir revisándola. Mi lugar es el presente. Revisar el pasado reproduce heridas, me pone en la víctima y me quita el poder. Además, estoy seguro de que otros o las mismas personas que menciono pensaran que yo fui su verdugo en otras circunstancias. Todos, hombres y mujeres, somos ángeles y demonios por momentos, es cuestión de darnos cuenta de lo que estamos haciendo en cada instante, empoderarnos con responsabilidad y salir de los juegos perversos, sin consentir.

Es bueno también haber revisado escenas donde sí que pude decir no. De no hacerlo así, me contaría una versión de mi mismo como ser débil, flojo, incapaz, y no es cierto. Hay mucha fuerza bajo mi dulzura, debo recordarlo y ejercitarla. No hace falta que sea en grandes dramas, basta con devolver un plato que no está bueno en un restaurante.

Hoy soy un hombre mucho más poderoso, con más autoestima y recursos, pero todavía hay escenas donde pierdo la voz. Todo el trabajo que he hecho y sigo haciendo, incluidas artes marciales meditativas, terapias, danza, teatro, estudios, y la vida misma, me aportan una capacidad que entonces no tenía, es cierto, pero debo permanecer siempre alerta, que no crispado, pero sí consciente, con la garganta clara y el diafragma presto a inspirar profundamente y decir tan alto como haga falta ¡NO!

Por Jorge Urrea Filgueira, consultor de crisis y autoconocimiento.