el sí de las niñas, y niños…

Cuando Moratín escribió El sí de las niñas a principios del siglo XIX no sabía que las cosas podrían cambiar tanto y tan poco en 200 años. Hoy en día el acceso a la educación de las mujeres es un derecho libre en nuestro país, plenamente ejercido por ellas, que las forma y da recursos para ejercer su libertad, hasta el punto de que las universidades tienen en general más presencia de mujeres que de hombres.
Sin embargo, tal y como está conformado el mercado laboral, sus leyes, y las expectativas socioespirituales de hombres y mujeres, llega un momento en que ellos prefieren seguir saliendo a “cazar”, proveyendo, y ellas prefieren dar su atención a la familia y a un estilo de vida más humano, con menos hostilidad. Esto que explicábamos en nuestro libro Ingenio, sexo y pasión, como el factor Atenea, se produce más en las carreras técnicas, pero no solo, y con la llegada del tsunami digital, promete tener un potente efecto sobre el componente de género a nivel sociológico. Lo que nos hace distintos nos hace rentables, pregonamos mi mujer y yo en el libro, para que la igualdad de oportunidades no sea vista como un ideal, sino como una verdadera oportunidad de sumar talento y formas de trabajar distintas, sinérgicas y eficientes.
Por otro lado, hablemos de poder: Sabemos desde Cristo, con su mensaje “no se puede servir a Dios y al dinero”, o Quevedo (poderoso caballero es don dinero), que el dinero ha estado y seguirá estando en nuestra atención, tentando, sacándonos de nuestro centro. El representante del infierno, sin que nos demos cuenta es el sistema de consumo, que abarca toda la enorme red de influencia que nos golpea en cada anuncio callejero o del móvil, donde depositamos nuestra mirada cada 5 minutos según el estudio de Oracle de este año. Nuestras pasiones internas se desatan por envidia de lo ajeno, ambición. Vanidad, gula, lujuria, o simplemente aburrimiento. I want it all decía Queen.
Al quererlo todo, soltamos lo que tenemos en las manos para poder tomar lo siguiente, individualistas, encontrándonos siempre insatisfechos porque las manos no acaparan más de lo que ya tenían, y la experiencia real de consumo nunca trae satisfacción duradera. La diferencia es que con el ejercicio de poder individualista cada vez estamos más insatisfechos y más solos.
Ampliemos ahora el argumento, manifestando que hoy el sí de las niñas lo están dando también muchos hombres, hijos de la madre, que juraron no hacerlo como sus padres, renunciando a la agresividad y carácter depredador de su antecesor, buscando un lugar más humano, más cariñoso y nutritivo para los suyos, proveyendo otro tipo de comida que no se paga con dinero. Sin embargo, de nuevo las dependencias sacuden a los que así actúan, y ahora hay muchos hombres que llegado un divorcio no pueden ni pagar la pensión por alimentos, porque no desarrollaron carreras más lucrativas. Esas situaciones de dependencia que antes se atribuían solo a la mujer, ya están sucediendo a muchos hombres, que a menudo deben volver a vivir con sus ancianos padres, permanecer con sus parejas por conveniencia, o volver a unirse con otra pareja como modo de sobrevivir económicamente en un mercado cada vez más aparentemente opulento de tecnología, pero donde la comida y el techo tienen un precio más inaccesible.
De nuevo poderos@ caballer@ es el dinero, o la plata… Llamativo es el contraste entre las películas de amor ideal y esas relaciones más o menos de conveniencia de tantas personas con personas, donde el factor sexual (género) ya no determina tanto, para convertirnos a hombres y mujeres en víctimas del nuevo culto, el del individualismo y el poder, el económico, donde el que más puede más tiene, pero no por ello se siente más amado ni acompañado, pues como Don Diego en la novela de Moratín, ser el más poderoso y experimentado no implica ser el más feliz, ni el elegido de la diana de amor del otro, ya que la joven y bella Doña Francisquita, reconoce amar al menos poderoso.
Ampliemos ahora la comprensión del poder, como algo más amplio, que incluye el dinero, pero también el atractivo físico, o la propia juventud, que implica años de vida y posible cuidado del otro. Son todo monedas de cambio en un juego mercantilista donde se va perdiendo el corazón. Cuando se da un consentimiento, el sí, es porque ambas voluntades están de acuerdo en hacer algo. Si una de las partes no lo tiene claro, que no lo haga, que se aclare antes en terapia o simplemente con tiempo para reflexionar. El viejo Don Diego en la obra de Moratín, convence a la madre de su pretendida de que su hija no le ama a él, sino a su joven y apuesto sobrino. Es un bonito y sabio final no solo por los jóvenes, sino también por el anciano, que se separa de la tentación y no presta su propio consentimiento a un encuentro viciado. No es mejor la soledad del que sabe que no le queda otra que aceptar que su consentida no le ama ni le amará. Todas esas comedias románticas se convierten en dramas Shakespearianos, como la vida misma.
Como terapeuta creo que con el cambio de circunstancias y oportunidades es positivo que hombres y mujeres sufran y aprendan, porque no hay mejor manera de entender lo que el otro atraviesa que meterse en sus zapatos. Hoy tenemos zapatos de todos los tipos, cálzate el que quieras y puedas, aprende, y recuerda lo que era estar en los anteriores, porque pronto llegará el momento en que otra persona te hablará de su dolor y falta de libertad, y sí quieres entenderle tendrás que evocar lo que aquí te cuento. Mi recomendación es que eventualmente intentes profundizar en la naturaleza humana del otro y la tuya propia, sin juicio, abriendo el corazón a lo sutil, aumentando la conciencia, explorando el microcosmos y el macrocosmos, con el mismo interés. Somos UNO, nademos en el amar como sirenos y sirenas, libres, bajo la mirada de la Dama azul de Ibsen, que presta su consentimiento de manera inconsciente, porque todavía no se atreve a soltar su cabeza, ni sus miedos ni su apego a lo que no vive, y la priva de lo que sí que puede vivir, un poco más abajo y más adentro.